La Mina se
ha dormido.
Mucho sol, música,
niños…
Un pueblo que
alegre canta,
El aire, que del
monte viene,
huele
a romero y a jara
que
hoy es en mi pueblo
domingo
por la mañana.
¡Venid oh Musas fecundas! Yo quiero contentar al amigo muy amado. El me
pide -pobre de mí- que escriba alguna cosa referente a nuestro querido pueblo
y que diga también algo de vosotros, mis caros amigos, los mineros. Esto es
algo superior a mis fuerzas, yo tan pequeño, tener que describir tanta
grandeza. Es por ello por lo que os invoco ¡Musas creadoras! Pidiendo vuestra
ayuda generosa, desinteresada….
Recostado en las primeras estribaciones de Sierra Morena, rodeado por
verdes olivares y de olorosos montes con nombres tan poéticos como Montalvo,
La Zarzuela, Mesa de las viñas, La Jabata, Miramontes, Quitapesares,
Miraflores, Montehorcaz, Mulba la que en la época romana, hace mas de dos mil
años, ya albergó todo un pueblo de mineros y que es ahora una hermosa dehesa
con viejas y verdinegras encinas, olorosos romerales y jarales gomosos siempre
verdes. La Palmilla, Majadal-Alto y Los Gamos que llegan con sus barrancos
cubiertos de chaparras, aulagas lentiscos y jaras hasta ka misma orilla de La
Rivera, formando una intrincada selva, donde salvajinas como el jabalí, el
lobo, el lince y el zorro se solazan y hacen sus crías.
La hermosa Rivera del Huesnar -que por ser más bella- cambia el color
de sus aguas en cada una de las estaciones del año y que al llegar al cálido
verano culmina en el esplendor de toda su belleza. Es engalanada con millares
de rosas, que las floridas adelfas de sus orillas le ceden generosas, sus
aguas cristalinas van discurriendo tranquilas y murmuradoras por el cauce que
en la misma roca viva se abriera, en su paso de milenios, a través de los
rudos montes, formando en las hondonadas limpios remansos que sirven de espejo
a poderosos gigantes de piedra como El Risco del Hombre donde anidan el
buitre, de majestuoso vuelo, y el Águila Imperial, la dueña del inmenso
espacio azul. En las noches brujas y misteriosas de la sierra, multitud de
seres salvajes y libres bajan silenciosos para apagar su sed y bañar sus
cuerpos ardorosos en los remansos y corrientes. En las tardes calurosas
-cuando el sol todo lo quema- millares de pájaros de todas las especies vienen
a ella a saciar su sed en la clara linfa. Allí se encontrarán junto con el
ciudadano y bullicioso gorrión, los policromados martín pescador y
oropéndolas, las tímidas palomas y las arrulladoras tórtolas; la arisca perdiz
roja, ornato de gala de la serranía, la cogujada de lánguido vuelo, la
codorniz viajera, los cantores del aire chamariz, jilguero y verderón; sin
olvidar al gran juglar de la noche el ruiseñor que canta a la amada, echada en
el nido, mientras que esta empolla sus huevos.
Por otra parte nuestro pueblo mira, recreándose en ella, a la fértil
llanura por donde se desliza tranquilo el gran río de los árabes -El
Guadalquivir-. Río hasta donde la serrana Rivera llevara, durante más de cien
años, las aguas negras y saladas de la Mina. No esperes más ¡0h Guadalquivir!
La sal de la Mina, esta sal que era para ti un feliz anticipo de la sal que te
espera cuando te fundas con las aguas de la mar inmensa. Porque la Minas se ha
quedado dormida.
El pueblo de Villanueva de las Minas fue fundado por nuestros valerosos
abuelos que llegaron de todos los puntos de la geografía de España. En la
actualidad, como nosotros le conocemos, se encuentra fraccionado en numerosos
y pintorescos barrios como el de San Fernando rodeado de verdes pinares donde
la tórtola anida en primavera, Cabreriza la alba y resplandeciente en la
colina a cuyos pies se encuentra el Ayuntamiento; Velarde donde están ubicado
los juzgados y la casa cuartel de la Guardia Civil; Constancia la que mereció
ese nombre por su fe en ser el principal pozo de extracción; Las Cuevas la que
alberga geste sencilla y amable y cuyas casas se miran, como en un espejo, en
las aguas de la Rivera; Las Calderonas -atalaya en el cerro- vigía siempre
alerta para ser la primera en comunicar cuando por el pozo de extracción
subían del fondo de la mina, a algún minero con sus carnes rotas por la caída
de una piedra del frente o con su cuerpo destrozado por la explosión de un
barreno o por la misma de una bolsa de grisú; El Transvaal el que tiene
barrios como el de La Mora, La Luz y La Alegría donde viven gente modesta pero
tan generosas que siempre están dispuestas para ayudarse en la necesidad; El
Balbo con su única calle alargada parecida a un tren que se hubiera detenido
al barde del barranco para admirar la subida del carbón por las cabrias o para
ver la actividad en los lavaderos; El Progreso con calle empinadas, ansiosas
por asomarse a la llanura, donde están los establecimientos principales del
comercio, Las Casas Nuevas con sus calles amplias, alegres y limpias y con sus
casa blancas habitadas por gente sociable y culta; La Plaza donde se
encuentran las mansiones de los jefes e ingenieros todas ellas con bellos
jardines y donde se también se encuentran las oficinas de la empresa en las
cuales recibíamos cada mes nuestros sueldos y salarios.
Todos estos barrios dispersos llegaron, en muchos años de convivencia,
a formar una unidad y el milagro de esa unidad fue La Mina que consiguió hacer
un pueblo con las familias que con culturas diversas, costumbres diferentes y
aun con un modo de hablar también diferente, fueron llegando de todas las
regiones de España. Este Pueblo es Villanueva de las Minas donde hemos vivido
en paz respetándonos y amándonos, llorando juntos en las desgracias y
alegrándonos también juntos en la hora de las diversiones.
Una paga extraordinaria que acostumbraba a dar la empresa cada año en
el mes de mayo, fue La Prima la que dio origen a la feria. Una feria donde no
había nada que vender ni que cambiar pues solo se intercambiaban atenciones,
sonrisas y besos y donde el minero, con mas dinero que de costumbre en el
bolsillo, se consideraba un Señor, ese Señor que llevamos dentro cada andaluz,
y sabiéndose Señor gastaba en una sola noche de alegría, con rumbo y señorío,
la paga extraordinaria -La Prima- que por su valor y laboriosidad durante todo
el año, había merecido, demostrando con este gesto de su alma generosa su fe
en el porvenir.
Ahora La Mina se ha dormido, tal vez que su sueño dure milenios, ya no
volverán a ver sus negras galerías las lucecitas de las lámparas de los
mineros, ya no se oirán por ellas las risas, los cantos ni las bromas viriles
de éstos. El frente se ha quedado silencioso, ese frente de donde el minero
arrancaba, regándolo con su sudor y muchas veces con su sangre el negro
carbón.
Ese carbón que iba a hacer posible la maravilla del Progreso, pues con
él arderán las fraguas, se mueve el martillo pilón y se encienden los altos
hornos donde se forjan y se funden las herramientas de trabajo y las armas
para defender y hacer respetar a nuestra amada Patria. Con este mismo carbón
se pondrían en marcha los trenes de mercancías y de viajeros para llevarlos de
uno a otro confín de España y de todos los demás países del Continente y con
él los grandes vapores, empenachados de humo negro, surcarían mares y océanos
para llevar también viajeros y mercancías a los continentes más lejanos y
separados haciendo realidad el intercambio de ideas y de cosas.
La Mina se ha dormido. En las noches en que la luna derrama su plata
sobre las inmóviles cabrias de los pozos silenciosos, vistiéndola con un
sudario blanco, parece que La Mina ha muerto. Pero no, La Mina no ha muerto,
solo se ha quedado dormida.
Vosotros los jóvenes, ahora dispersos por todos los países del mundo,
los que debéis cuanto sois, cultura, educación, bienestar y también vuestras
vidas, a esos hombres rudos pero valientes y honrados que fundaron nuestro
pueblo, hoy adormilado, Villanueva de las Minas que no quiere morir. Venid e
infundir, con el optimismo de vuestra juventud, a nuestras fiestas de
primavera el rumbo, el señorío y la alegría de que siempre hicieron gala los
viejos mineros. No seáis menos generosos que lo fueron ellos, vosotros podéis,
si queréis, hacer el milagro de despertar a La Mina dormida. Os esperamos,
esperanzados y alegres, los que no hemos querido abandonarla y nos hemos
quedado en ella para velar su sueño.
José Yélamos.