ANTONIO MESA PEREZ

Hermano Mayor de la Hermandad de Santa Bárbara

(1991 – 2003)

 

Nació casi entrada la primavera de 1944 en el barrio minero de San Fernando, uno de los lugares más bellos de nuestra localidad. Eran malos años, la posguerra hacía estragos y los alimentos escaseaban, por eso, por quitar una carga a su humilde familia, a Antonio con sólo tres años de edad, lo enviaron a vivir al Cerro de la Encarnación junto a sus abuelos Antonio y Remedios, quienes por encargo de la Compañía MZA, vigilaban y cuidaban de la ermita y de la imagen de nuestra Santa Patrona. 

Durante los cuatro años siguientes, entre jaras, lentiscos y encinas, jugaría y dentro de sus reducidas posibilidades, ayudaría a sus abuelos en el mantenimiento de algunos animales domésticos que le generaban parte del sustento diario.

Las penurias no acababan en este alto cerro, el más alto de Sierra Traviesa. En las temibles noches de tormentas, las luces de los rayos penetraban por las pequeñas ventanas, casi al mismo tiempo que el estallido del trueno se hacía retumbar en la pequeña habitación, donde a la luz de una vela Remedios oraba a Santa Bárbara. El miedo embargaba a todos, en varios kilómetros no tenían otros vecinos que lobos, zorros y otras alimañas. En las tórridas noches veraniegas, cuando recibían la visita de sus tíos, las pobres dimensiones de la vivienda impedían alojar a todos, hasta ocho personas en algunas ocasiones. Para aliviar al pequeño Antonio del horrible calor, la abuela, al lado del altar bajo la imagen de la Santa, tendía una manta para que durmiera el niño, mientras ella interrumpidamente lo hacía sobre unas bancas que acercaba al pequeño para mayor vigilancia.

Fueron los años en los que Antonio aprendió a querer a Santa Bárbara. El tener durante tantos días su rostro como primera visión al despertar, la habitual imagen de su abuela implorando a la Señora y comprobar el amparo y protección que recibían de Ella. Aquellos años le impregnaron de tanto amor, que a lo largo de su vida siempre le ha sido fiel y devoto, y junto a su querida compañera, educó a sus hijos en el mismo amor que ellos le profesan.

Llegado 1951, y debido al desgraciado accidente que sufrió el padre en las minas, en el que perdió la vida, tuvo que regresar al pueblo, aunque las visitas a sus abuelos serían tan frecuentes como su asistencia al colegio se lo permitía.

Después de haber pasado por la Escuela del Gobierno, recaló como casi todos los niños, en el Colegio de los Hermanos Maristas. Cumplidos los 13 años, abandonó su enseñanza para iniciarse en la vida laboral con los Cocheros de Cantillana como peón en el campo y posteriormente de albañil con una contrata en las obras de ampliación de la Fábrica de Cementos.

Una de sus grandes aficiones, el fútbol, sería determinante en su vida laboral. Antonio debido a sus cualidades, se incorporó al Minas, destacando a sus dieciocho años como un fornido y seguro defensa. En los desplazamientos del equipo por la provincia, fue observado por los ojeadores del Real Betis Balompié Andrés Aranda y Pepe Varela, quienes no dudaron en ir en su busca e incorporarlo al equipo amateur de ese gran club sevillano.

Después de dos años pasando por varios equipos en los que sólo recibía ingresos suficientes para cubrir gastos, Antonio con el ánimo de ganar más para poder ayudar a su familia, decidió buscar trabajo nuevamente, con la fortuna de encontrarlo en la empresa constructora Abengoa y poder jugar en su potente equipo de fútbol que por entonces militaba en la tercera división.

Durante dos décadas se prolongó la relación laboral con esta empresa, hasta que recibió una propuesta de Emasesa para su incorporación a la misma. Largo tiempo necesitó Antonio para tomar aquella difícil decisión. Corría el año 1985 cuando se incorpora a esta compañía también sevillana, y hoy, próximo a su jubilación, permanece en la misma satisfecho y contento de haber dado aquél paso tan importante hace ahora veinte años.

Ingresó en la nómina de hermanos de la Hermandad de Santa Bárbara junto a toda su familia en el año 1986, siendo siempre muy intensa su participación en todos los actos y fiestas que se celebran en honor a nuestra Patrona.

En la reunión celebrada en el Círculo Recreativo la tarde del 27 de octubre de 1991, y por una amplia mayoría, es elegido Hermano Mayor sustituyendo en el cargo a José Gálvez, y permaneciendo en el mismo durante casi trece años.

En este largo periodo su gestión ha sido encomiable apoyado por su familia y la Junta Directiva. A su llegada, nuestras fiestas estaban algo decaídas, las arcas casi vacías (36.000 pesetas) y el número de hermanos sobrepasaba en poco los 450. Con su gestión, dedicación y esfuerzo, consiguió triplicar el número de hermanos hasta los 1.357, cifra no conocida desde los primeros años de la fundación de la hermandad, en que era obligatoria la pertenencia a la misma por la cobertura que ofrecía a titular y familiares.

De todos es conocido que, las altas suelen ser fáciles con el calentamiento de la celebración de cualquier festejo, romerías, pregones, potajes, etc., pero la constancia en el pago de las cuotas es más difícil, por lo que las bajas que se producen a los pocos meses de la inscripción superan con creces las nuevas altas que se van produciendo. No obstante, el amigo Antonio, una vez que abandonó voluntariamente el cargo de Hermano Mayor, la referida nómina de hermanos alcanzaba la importante cifra de 987.

Su labor no terminaría ahí. Durante su mandato se efectuaron importantes obras en la actual ermita de San Fernando. Se arreglaron techos y tejados para evitar la masiva filtración de las aguas de lluvias, así como la colocación de una nueva solería y el alicatado de todos los interiores de la misma.

Se gestionó ante la Diputación Provincial de Sevilla a través de nuestro paisano Antonio Rodríguez Fernández, la construcción de la nueva carreta, y, se realizaron las correspondientes obras, para incorporar la antigua como altar dentro de la propia ermita.

La imagen de nuestra titular fue restaurada en Sevilla, y la que fabricó Pilongo de escayola como molde de su gran obra, fue Juan Pino, quién con todo la paciencia y mismos del mundo, restauró y reconstruyó las manos que tenía perdida desde el famoso incendio, dejándola en tan buen estado que, hoy la podemos admirar y rezar en nuestra Parroquia. También se hicieron obras de reparación y mantenimiento en la actual Casa de Hermandad.

Detalle digno de destacar, es sin duda, el retorno al camino antiguo hacia El Parroso, que por el problema del hundimiento del puente, se había abandonado 35 años antes, y que, gracias a una laboriosa gestión y a la gran labor realizada por Curro el del MOPU, se ha podido retomar ya con el nuevo Hermano Mayor en el año 2004, inaugurando y bendiciendo el nuevo puente con el nombre de “Puente de Santa Bárbara”.

Pero por desgracia en un tan largo periodo de gestión como ha sido el de nuestro querido Antonio Mesa, no todo han sido aciertos. Ciego en su confianza hacia algunas de las máximas autoridades de la localidad, emprendió la difícil tarea de construir una nueva ermita en el mismísimo paraíso de El Parroso.

Consiguió transmitir su propia ilusión a todo el pueblo en general y a algunos forasteros amigos de los mineros que, con poco o con mucho dependiendo de sus posibilidades colaboraron en la construcción de la nueva ermita hasta que...

 

Hasta aquí una breve reseña de la vida y trayectoria de un gran minero y admirado amigo, que no quiero terminar sin plasmar las contestaciones que realizó a mis dos únicas preguntas:

 

-         Después de tantos años, ¿que te ha quedado por hacer?

-         Muchas cosas. La nueva ermita, la celebración de la Romería durante dos días, y, otras tantas cosas de menor importancia que tenía en mente y que me quedaron pendientes.

 

-         ¿Qué consejos darías a los futuros Hermanos Mayores?

-         Aunque soy una persona que no me gusta dar conejos, si les diría que, trabajen duro, con dedicación y sobre todo con mucha humildad.

 

 

 

Junio 2005.- J. Rodríguez