PREGÓN DE
SANTA BÁRBARA
Villanueva
del Río y Minas 2007
Por: Paloma, Mercedes y Almudena Barja Coso
Sr. Cura Párroco.
Sra. Alcaldesa y
corporación.
Hermano mayor y junta
de gobierno de la Hermandad de Santa Bárbara.
Hermano mayor y junta
de gobierno de la Hermanad del Cristo de la Buena Muerte y María Santísima de
los Dolores.
Hermandades de
Villanueva y Alcolea del Río
Estimados amigos y
amigas de Villanueva del Río y
Minas,
UN DÍA MI
PADRE HA LLORADO
POR FIGUEROA EL PICADOR
LO DEJO MUERTO, ENTERRADO
EL CHIMENEO TRAIDOR.
NO ME QUIERO NI ACORDAR
LOS CINCO PETARDOS NEGROS
QUE RAFA LORO PRENDIÓ
¡MALDITA SEA LA MAR!
CUANDO EL CUÑADO LLEGÓ
LOS CINCO PETARDOS NEGROS
ACABABAN DE EXPLOTAR
RAFAELITO VOLÓ.
SOMOS HIJOS DE MINEROS
MINAS DE LA REUNIÓN
MINAS DE LOS BARRENEROS
NUESTRO PAN ERA EL CARBÓN
YA SE ACABÓ LA BRIQUETA
YA SE MURIO TAMAIRÓN
TODO SE FUE A LA PUÑETA
PAISANOS YA NO HAY
CARBÓN
Hemos querido empezar con estos versos que un día mi
padre le hizo a su pueblo. Se lo debíamos por que gracias a él estamos aquí
ofreciendo a Santa Bárbara este pregón.
El fue quien se puso en contacto con Fernando
Rodríguez Rico, y cuando en el año 2004 falleció, continuamos las
conversaciones nosotras, y así es como conocimos a la actual corporación
municipal, y realizamos lo que mi padre deseaba. Conocimos a Maria José,
Placido, Inma y Fernando, y nos reencontramos con viejos amigos como Julián y
Sari Moreno. Gracias Julián Moreno, por pensar en nosotras, gracias por hacer
de estas tres sobrinas de Pilongo las pregoneras del pueblo de nuestro padre.
El fue quien deseaba más que nadie que toda la obra
de su tío Antonio García López más conocido por todos como Pilongo, la tuviera
su pueblo, que disfrutaran de ella,
porque estaba seguro que debía ser así.
Antonio habiendo nacido en Tocina en 1903, con
cinco años vino a parar a una choza en un olivar que mas tarde pasó a ser la
Venta de La Cañas. De chaval
trabajó de albañil, ello le valió para su actividad futura, modelando el barro
asombraba a todos sin tener nociones de volúmenes o perspectivas, fue un
autodidacta.
Pilongo
llegó a Madrid gracias a una beca que le consiguió el Ingeniero Jefe, Juan
Gómez Torga, por su gran ingenio y por su forma de ser, fue un artista muy
valorado en su juventud madrileña.
Según su maestro escultor Lorenzo Coullat, hubiera sido un gran imaginero, un
escultor cotizado, de no haber decidido dejar Madrid.
En el Hospital de San Carlos de Atocha, copiaba el
cuerpo humano de los cadáveres con los que los médicos investigaban, alguna
vez vio por los pasillos al anciano Ramón y Cajal.
Participó en el monumento al Quijote de la Plaza de
España de Madrid, concretamente hizo el borrico de Sancho Panza.
Esos años fueron para Antonio los mejores de su
vida, era joven, guapo y un artista sin descubrir.
Era un adelantado a su tiempo que veía belleza en
cualquier sitio y que con su complicada cámara de fotos de la época,
fotografiaba a la familia obligándola a posar.
Regresó a su pueblo en 1931, de donde no volvió a
salir. Pasó a ser un personaje importante en las veladas de la Venta de las
Cañas, en donde elegantemente vestido con traje negro y pajarita era el
responsable de amenizar el baile con el picú, que su hermana había traído de
Sevilla. Bailaba las sevillanas
que quitaba el sentido y cantaba muy bien pero siempre bajito, así era como se
deleitaban sus compañeros de faena cuando Antonio trabajó en la restauración
de la fachada del Ayuntamiento de Sevilla, como Antonio cantaba tan bajito sus
compañeros cuando le oían que empezaba a entonar paraban de trabajar para no
hacer ruido porque si no no le escuchaban.
También
estos años fueron felices para Antonio hasta el 18 de julio de 1936, que se
quedó el baile preparado con florecillas de papel colgadas de las moreras, y
que la guerra las hizo desaparecer, no se abriría nunca mas la Venta.
Entonces se estreno como minero y de minero se
jubiló. Aunque bajaba menos que sus compañeros, porque cuando no estaba
decorando una casa de algún ingeniero, estaba pintando un óleo de la mujer de
otro superior. En plena guerra civil le hizo a un facultativo una chimenea
artística y cuando terminó fue pagado con un salchichón.
Viviendo como a él le gustaba, como un ermitaño, se
dedicó en cuerpo y alma a crear belleza, y esa belleza se transformó en 1944
en una imagen tallada en madera de Santa Bárbara, para la ermita del
Cerro de la Encarnación. Regalo de
Pilongo que jamás cobró nada a nadie por sus obras. Santa Bárbara pasó a ser
para Pilongo motivo de adoración.
Yo era muy niña cuando montada en la yegua de mi tía Juana y con un “Hola tío Pilongo”, le saludé a él, a mi tío. Su expresión sonriente, su mano devolviéndome el saludo, y esa figura con su cabellera, ya por entonces completamente blanca se quedó clavada en mi memoria para siempre.
Siempre, desde pequeña he tenido la sensación de que nuestro tío
Pilongo era un hombre muy especial, su presencia me imponía, quizás en mi
mente de niña ya podía intuir la gran personalidad, el carisma de Antonio
García López, al que prefiero llamar tío Pilongo, porque sé que así era como a
él le gustaba que le llamásemos.
Nuestro tío Pilongo fue un rebelde que nunca quiso vivir sometido a
ninguna norma convencional. Estuvo siempre rodeado de su familia que velaba y
se preocupaba por él; pero el era, lo que podríamos llamar, un espíritu libre
que siempre vivió su vida como quiso.
Tengo unos recuerdos muy nítidos de esas largas tardes de verano en
las que pasaba horas enteras dibujando con él. Todavía recuerdo el olor de los
lápices de carbón, del óleo, del aceite de linaza y ese peculiar olor a papel
antiguo, todos ellos mezclados con los olores del campo de olivos.
Cuando le visitaba su casa me parecía como un oasis donde el tiempo
transcurría de forma, lenta, pausada. Estar con él en su estudio era como
adentrarse en la gruta secreta del Mago Merlín. Vivía rodeado de sus ángeles,
imágenes, esculturas y pinturas en su casa museo donde el tiempo parecía
haberse detenido.
El era feliz viviendo solo, probablemente siempre tuvo esa necesidad
de soledad porque era un hombre que vivía por y para su arte. En su soledad
bohemia siempre tuvo el amor de su familia, nuestro tío nos quería y le
llenaba de satisfacción que compartiéramos su mundo, su obra, su arte, su
esencia misma que habitaba en aquella “Antigua Venta de las Cañas”.
Pilongo era un hombre de carácter fuerte, pero a la vez estaba dotado
de una extrema sensibilidad. Entrañable, emotivo, sus ojos se le podían llenar
de lágrimas, ante cualquier pequeña o gran cosa que le conmoviera. El fue un
hombre muy humano que llegó a tener gestos verdaderamente altruistas, como
cuando obsequió con una réplica de la Virgen de Setefilla a dos hermanas
inválidas de Lora del Río. Incluso El Correo de Andalucía se hizo eco de este
insólito hecho, publicando un
artículo titulado “Vida de la región”. Todavía tengo presente la gran emoción
que el sentía recordando esta anécdota, ante la cual sobran palabras, pues
describe a la perfección lo que era capaz de hacer el tío Pilongo.
Me encantaba ir a dibujar con él porque sus palabras de aliento me
motivaban inculcándome el amor por el arte. Su aprobación era algo importante,
porque en mis ojos de niña el tío Pilongo era un ser excepcional, un genio con
una personalidad excéntrica e iconoclasta, pero ante todo un gran ser humano
lleno de sensibilidad y ternura. Era un hombre con un sentimiento a flor de
piel que podía embelesarse viendo una puesta de sol, para luego describirla
con todo lujo de detalles. Saboreaba con pasión los pequeños regalos de la
vida, reparando en detalles que a muchos les hubiera pasado desapercibidos.
Siempre tenía mil ideas bulléndole en la cabeza, que le llevaban a plasmar su
arte en forma de flamenca pintada con tiza en el suelo de su estudio,
realmente estaba dotado de una
creatividad excepcional. El era muy observador y detallista y se recreaba en
las pequeñas cosas, esas pequeñas cosas que en sus ojos se volvían inmensas y
plenas.
Recordamos sus conversaciones y largos monólogos en los que describía con gran
pasión el rostro dolorido de la Virgen de la Macarena, y los rasgos de las
imágenes religiosas que el encontraba de una belleza sublime.
Pilongo vivía y sentía
como nadie la semana santa y la feria de Abril, con la misma pasión y devoción
con la que se entregaba a la Romería de su Santa Bárbara, que recordando las
palabras de nuestro padre, es la mejor romería de los alrededores.
Nuestro tío Pilongo, verdaderamente,
se transformaba y nos contagiaba su entusiasmo por el sentir del pueblo
andaluz, ese pueblo andaluz del que sin duda el era un singular exponente. No
hemos conocido a un hombre más elegante, juncal y con mejor planta que él,
ataviado con su sombrero de ala ancha
y su clavel en la solapa, bailando por sevillanas con gracia y salero.
Sin duda, tío, has tenido un gran impacto en nuestras vidas. Nuestro
padre, Manuel Barja García, que era tu sobrino le quiso mucho, y sin duda fue
su tío quién le transmitió su gran pasión por el arte y el dibujo. Siempre
recordaremos a nuestro padre haciendo caricaturas.
Nuestro padre escribía en la revista “La Cabria” artículos, que
firmaba con el sobrenombre de “un minero ocasional”. En estos artículos
rememoraba la figura del tío Pilongo, pues siempre se preocupó de mantener su
memoria viva. También relata muchas anécdotas de su época de minero, cuando
presenció la muerte de algunos compañeros.
Antonio García López fue también minero, un minero que tuvo el
privilegio de dejar su huella artística en este pueblo.
Somos nietas, hijas y sobrinas de mineros y ahora tenemos la gran
suerte de poder hablar de ti, tío Pilongo, que has sido una persona muy
especial que has gozado del cariño y la admiración incondicional de la gente
del pueblo.
Te llevamos muy dentro, tenemos muchos recuerdos vinculados con tu
forma de entender la vida. Te fuiste cuando éramos muy jóvenes y nos hubiera
gustado haber disfrutado más tiempo de tu compañía.
Has sido andaluz, minero, el mejor artista que ha tenido este pueblo,
pero ante todo has sido nuestro tío.
Sigues presente en nuestras vidas y has dejado un recuerdo imborrable
en tu pueblo, Villa Nueva del Río y Minas. Es un honor y un privilegio estar
aquí ahora recordándote.
Treinta años antes de su
fallecimiento, Antonio inició lo que hubiera sido la culminación de su obra:
el monumento al minero, pero todo iba muy lento y el empezó a envejecer a
marchas forzadas por la diabetes, no veía bien, en fin que le pilló el toro y
no pudo ser.
Y la venta de las cañas empezó a
arrugarse a la par que se iba arrugando su inquilino, aquel joven pinturero
que encandilaba en Madrid se iba convirtiendo en un viejito pintoresco. Y en
la misma Venta murió en 1986.
Te fuiste, tu corazón no pudo aguantar
como se perdía todo en un incendio.
Pero no te preocupes, hemos hecho los
deberes, nosotras y tu pueblo. Tu obra esta donde tiene que estar
y tu también, descansando con tus hermanas y tu sobrina, y honrado por
tu hermandad y tu ayuntamiento. Hemos cumplido tu sueño y la voluntad de
nuestro padre y aún queda otro legado, por fin una de nuestras hijas se llama
Bárbara en tu honor en el de la familia y en el del pueblo.
Queremos que este pregón sirva de agradecimientos a personas del pueblo
que han significado algo en nuestras vidas:
Agradecer a nuestros padre el habernos
dando una denominación de origen, habiendo nacido en Madrid nos sentimos
mineras. El hijo por excelencia, gracias a él y por supuesto a nuestra madre
que no le importó pasar todos y cada uno de los veranos y navidades en el
pueblo de su marido, estamos tan apegadas a este pueblo.
Agradecer a nuestra tía Juana, mujer lista, dura y con un gran instinto de
supervivencia, que siempre se preocupo de todos los miembros de la familia,
incluido su hermano Antonio y fue el alma que saco adelante la Venta de las
Cañas. Como disfrutábamos montadas en su yegua por cada una de las calles de
pueblo vendiendo huevos.
Agradecer a nuestra abuela Mercedes, los veranos maravillosos a su lado en la
Venta de las Cañas, su cariño y sus normas, como la de no poder bañarnos en el
pilón de las yeguas, hasta que nos hiciéramos la digestión, que era cuando
sonaba la sirena del siete. De ellas aprendimos que cuando las cosas van mal
hay que tirar para adelante, como lo hizo ella cuando salió hacia Madrid con
sus dos hijos de la mano para sacarlos adelante, y que orgullosa volvió cuando
su hermana Juana la necesitó, había dejado muy bien colocado a su Manolito. Se
fue dulcemente recordada por todos los que la conocieron y para los que
siempre tuvo una palabra de apoyo, una mano tendida y un cafelito, aunque
fuera de achicoria.
Agradecer a mi tía Concha que nos dejara ordeñar las cabras
con ella, o ir a buscarla la carretera cuando las traía Bernabé de pasar el
día pastando. Sus paseitos con ella por las tardes, hasta la gasolinera o
hasta la piedra del kilómetro, las compras en el Economato. Tuviste mala
suerte en la vida, te encerraste en la Venta por que tu obligación era cuidar
de tu madre y de tu tía, pero tu vida no fue baldía, fuiste la bisagra entre
Antonio y Juana, y nos enseñaste
que la paciencia y la mano izquierda son una gran virtud, que el silencio, a
veces es mas elocuente que un discurso,
y que sin ti La Venta no
hubiera sido lo mismo.
A Marisa Arnedo, la amiga en
mayúsculas, cuanto deseábamos que llegara el verano para volver a vernos,
aunque nunca dejábamos de estar en contacto, ¿te acuerdas de aquellas cartas
que nos enviábamos casi todas las semanas? Y lo sigues siendo,
aunque como dice la canción “lo mejor que conocimos, separó nuestros
destinos” otra vez volvemos a reencontrarnos y volvemos a ser las mismas, como
si te siguiéramos esperando en la azotea a que vengas de costura y cuando te
vayas acercando a la altura del siete comenzará tu grito de guerra para que
sepamos que ya estás aquí.
A todo los amigos que Marisa Arnedo y
Pepe Morgaz nos brindaron año tras año, como Julián e Isabel y Sari Moreno,
Antonio y Bárbara Campillo, las hermanas Machuca, el compare Ángel y la comare
Antoñita, Juli, Carmelita y Natalio, José Luis y Felisadela, Wili , Ani y
tantas otros.
A Ani la del siete por las tardes de
café y amistad que le dio a mi madre y por ocuparse cada primero de noviembre
de que no le falten flores a la tumba de los pilongos.
A las hermanas Carmen, Josefa y
Antoñita Tamairón por su amistad con mis padres y con toda la familia.
A Juanita Lora y a sus hijos Amaya y
Juan que también tienen sangre pilonga.
A Paco Aguilera y Juan Rodríguez, por darnos un trocito de la Mina en
la distancia desde sus páginas web.
A Mili y Antonio por hacernos sentir como en casa en Villa Santa Lucia.
Al mismo pueblo por darnos ocasiones inolvidables como las veladas en
el Recreativo, el Andalucía, los gatos o la discoteca Kung Fu de nuestra
adolescencia. Los veranos de días en la ribera y de noches en el cine de
verano o en la plaza de Santa Bárbara, las visitas al pipero, las escapadas en
moto a la discoteca de Tocina, las nocheviejas en la Pringue.
Los paseos desde la venta para ir a comprar las gaseosas o las
aceitunas en casa de Carmen Vergara. Las pringás en el Vega. A Antonio y
Amparo Arnedo, a Rafaela Morgaz y su madre María, a Alba y Jara a las que
queremos mucho, a Fillita y Pedrera, a los Perruna, a Bernabé, a Rebaná y
Buiza grandes amigos de mi padre,
Carriles, Juanito el de la Fonda, el Seronico, los Navarro, Hinojo. Las
visitas de Joselito y Manolito Gutiérrez, o de María la Alemana. Y tantos
otros que se nos quedan en el tintero y que han formado parte de nuestras
vidas.
Y sobre todo a la Hermandad de Santa Bárbara por el gran trabajo
realizado en memoria de Pilongo con el bello mausoleo.
Y para terminar nos gustaría leeros unos versillos de nuestro tío
Pilongo que conservamos en un papel amarillento que de su puño y letra dice
estar escrito en el pozo número 7 en el año 1944:
A Santa Bárbara Patrona de los Mineros
Mi plegaria ¡Eres tu!
Al descender el ascensor o jaula
y una vez perdida la luz del día
eres tu la que nos cubre con tu manto
con fe trabajamos y alegría.
Luego allí en lo mas hondo de la tierra
donde el carbón es la riqueza nuestra
y en constante peligro amenazador,
eres tu la que hace que crujan las
maderas
para que en el instante quedemos
avisados
mas nosotros seguimos trabajando
y de pronto a oscuras nos quedamos.
Apareces envuelta en humo de grisú
y radiante de luz te contemplamos.
No sigas! Nos dices con voz dulce y
piadosa
¿crees que de ti me he olvidado?
Huye del peligro que te acecha
y acuérdate de mi en el trabajo.
Muchísimas gracias,
¡Viva Santa Bárbara!